Séneca: entre el mito y la realidad
“La universidad de los Andes tenía su cabro. Era humilde, paciente, áspero y tierno.
Allí llegó un día, allí se quedó, allí se convirtió también en un símbolo:
el de la universidad que entonces estaba naciendo (...) se paseaba
—así me ha quedado en la memoria— por los terrenos pendientes y los
riscos uniandinos. A veces, quería entrar a clase; e intervenir en ellas.
¿Por qué no? Era astuto, era lúcido; su mirada denotaba no sólo
inteligencia y picardía sino cierta sabiduría estoica, a lo Marco Aurelio.
Los estudiantes le pusieron un nombre filosófico: «Séneca»”.
Para la mayoría de las personas, Séneca es sólo un nombre más en la larga lista de filósofos del pasado. Pero para los uniandinos—empleados, profesores, directivos, alumnos y egresados—Séneca es uno de los símbolos más queridos e importantes de la Universidad: al fin y al cabo, él fue, es y siempre será nuestro cabro.
Indagar por la “verdadera” historia de Séneca es en realidad deambular por un camino tan imbricado como los que tantas veces recorrió el animalito uniandino. Aquel que tenga la valentía de intentarlo, se encontrará acorralado en un laberinto de datos verificables, imprecisiones de la memoria, detalles inverosímiles y acontecimientos dignos de los más insignes personajes épicos. Con esto en mente, embarquémonos en las múltiples vidas de todos los Sénecas que ha tenido la Universidad.
Séneca I: suicidios y embalsamamientos
El origen de la extensa estirpe de Sénecas es incierto. Todos coinciden en que el cabro existió desde la fundación de la Universidad, a finales de los años cuarenta, cuando Mario Laserna habló con las monjas que dirigían la cárcel del Buen Pastor y el asilo de locas Campito San José y logró convencerlas de que le vendieran una parte de su terreno. Sin embargo, las versiones exactas de la procedencia de Séneca varían: unos afirman que fue obsequio de Mario Laserna y otros aseguran que fue descendiente de la cabra comprada por el profesor austriaco Franz Von Hildebrand (él vivía con su esposa y sus hijos en una casa dentro de la Universidad donde tenían un gallinero, una vaca y una cabra para tener leche y huevos frescos todas las mañanas).
De cualquier manera, este primer Séneca fue criado por Jorge y Barbarita, esposos y empleados de la Universidad que vivían dentro del campus. Los años fueron pasando y Séneca merodeó por la Universidad como dueño y señor. Su vejez vino acompañada de un mal genio: la mascota se ponía cada vez más brava, embestía a profesores y estudiantes y un día hasta se rompió un cuerno dando cabezazos contra una pared. Quizás por eso, en 1965, decidieron traer a Penélope,una atractiva cabra para que acompañara al arisco animal. Con ella, este primer Séneca tuvo dos hijos que siguieron el ejemplo de su padre y así recorrieron todos los peldaños de la Universidad.
El 01 de julio de 1966 el Séneca murió. Aunque unos dicen que se desnucó cuando se tiró del segundo piso en el puente del antiguo edificio de matemáticas, otros aseguran que fue del tercer piso del edificio de la Facultad de Arquitectura. Este evento se registró en los principales periódicos de la ciudad e incluso se realizó una rueda de prensa donde fotógrafos, camarógrafos y periodistas pudieron contemplar a la viuda del difunto y sus dos pequeños hijos.
Hubo varias hipótesis sobre el supuesto suicidio. La primera afirmaba que Séneca había saltado para salvar a uno de sus hijos; otra versión—que apareció en primera página de El Tiempo—sostenía que se suicidó por amor ya que el cabro, ciego por su vejez, perseguía a Penélope con su olfato. La explicación más poética, escrita por Andrés Holguín sostuvo que Séneca, “Olvidando el estoicismo griego y latino, no resistió el dolor de envejecer. Se sintió desalojado, marginado por otros símbolos y otras gentes. Añoraba ya los tiempos idos. Soñaba con su lejana felicidad, rumiaba su juventud”. Como si fuera poco, cuando se rumoró que la rectoría de la Universidad se le ofrecería a Joaquín Vallejo—en ese entonces ministro de hacienda—el político declaró en los medios que “La chiva se suicidó al enterarse que yo podría ser Rector”.
Más allá de la causa real, un periódico capitalino tenía razón al citar a uno de los “más eminentes chivólogos bogotanos” cuando aseguraba que “son frecuentes los casos de suicidio entre los animales cuando llegan a la edad senil. Además, si un chivo se bota por un puente para salvar a su hijo, o por cualquier otro motivo, esto se llama suicidio heroico pero suicidio al fin”.
Los estudiantes de 1966 quisieron organizar un concurso anual de “chiverudos” en memoria de Séneca, donde se premiaría la chivera más cuidada y se afeitaría públicamente al estudiante con la más incipiente. El vencedor quedaría encargado de clausurar la celebración con la lectura de una oración fúnebre a la difunta mascota.
Según la leyenda, el cuerpo de Séneca fue enterrado en los predios de la Universidad, pero los estudiantes quisieron embalsamar la cabeza. Ésta pudo ser reconstruida gracias a que un empleado había guardado el cuerno y fue fácil reincorporárselo. Pero eso no es todo; resulta que la historia del embalsamamiento tiene más embrollos que los del maltratado cadáver de Evita. Por ejemplo, una vez terminado el proceso de conservación, los exalumnos se empeñaron en llevar esta parte de Séneca a todos los congresos a los que iban. Según Daniel Peñaranda, a comienzos de los setenta, la cabeza acompañó a los uniandinos a una reunión en San Andrés “con el resultado de que en medio de tanto alcohol y tan barato, a los encargados de su custodia que eran los famosos hermanos Vega y Bernardo Mesa, se les extravió la cabeza de Séneca”. Cuatro meses después de la pérdida, un marinero sanandresano encontró la cabeza en el mar caribe y la devolvió a sus aplacados dueños. No obstante, hoy en día, nadie sabe con certeza dónde se encuentra esta cabeza.
Sénecas II, III y IV: las maldiciones en serie
Después de esta trágica muerte, Penélope se quedó en la Universidady los estudiantes comenzaron a llamarla por el nombre de su difunto marido. Ella fue, por lo tanto, la primera Séneca hembra. Lastimosamente Séneca II murió a los pocos años por comer una hierba que la envenenó. De igual forma, en la década de los setenta, Uniandinos regaló un cabro—Séneca III—que vivió muy poco tiempo pues engulló la misma hierba asesina. También en los setenta, la Universidad trajo de Bucaramanga un cuarto Séneca que vivió aún menos que sus antecesores. Los que lo recuerdan, dicen que se murió de frío. Las tres muertes fueron tan seguidas que muchos especularon que se trataba de una maldición en contra de nuestras inocentes mascotas.
Séneca V: el comienzo del desorden
La década de los ochenta contó con un nuevo Séneca que, de alguna manera, escapó los designios de la maldición y vivió por varios años. El cabro de origen holandés fue regalo del Doctor Armando Sánchez, miembro del Consejo Directivo, y pasó sus días deambulando libremente por los predios universitarios. Fue este Séneca V el que comenzó la tendencia destructora de comerse todas las plantas del jardín, los cuadernos, los libros y hasta los apuntes de los estudiantes. Según cuentan los testigos, su plato predilecto eran los papeles que se colocaban en las carteleras (vale la pena aclarar que en ese entonces no tenían vidrios protectores). Recordando estos arrebatos hambrientos, José Rafael Toro—actual vicerrector académico—comenta que Séneca se convirtió en “un excelente control de calidad de los documentos que colgábamos” y que incluso “parecía tener más sentido común que nosotros”. Gracias al desorden y los daños que causaba el cabro, la Universidad decidió enviarlo al noviciado donde, quizás víctima de la antigua maldición, se perdió y no se supo más de él.
Séneca VI: la dama de la anarquía
Entre todos los estudiantes que asistimos actualmente a la Universidad, los más viejos todavía recordamos a la última cabra que alegró la década de los noventa. Esta Séneca VI fue un obsequio de Beatriz Buendía, en ese entonces directora de Planta Física, quien se encargó de acomodarle un corral en Villa Paulina. La cabra era hermosa pero con el paso de los años se volvió demasiado necia y, siguiendo los pasos de su antecesor inmediato, se devoró todos los jardines de los Andes. Como si esto fuera poco, Séneca entraba a las oficinas y se comía todos los documentos, papeles o desperdicios que encontraba.
La mascota se acostumbró rápidamente a las personas y se convirtió en la Séneca más amigable de su estirpe. Tanto así que cuando no le bastaban los obsequios alimenticios de los estudiantes (los más populares eran las galletas, los choquis, las papas fritas y parciales que uno prefería olvidar), la cabra entraba tranquilamente a la cafetería y asaltaba nuestros almuerzos. La vida de Séneca era tan agradable que lo más difícil era convencerla de que debía regresar a su corral: muchas veces vimos a los celadores tratando de guiarla hasta Villa Paulina a punta de galleticas o papelitos.
Séneca también hizo grandes aportes a la academia pues, con mayor frecuencia, los estudiantes de los cursos de biología la convertían en asidua donante de sangre. Recordando dichos episodios, el Rector Carlos Angulo afirma que “Séneca contribuyó en estos estudios con el compromiso que todo estudiante uniandino tiene con el conocimiento”.
A pesar de su inmensa colaboración, el orden anárquico de Séneca llegó a tal extremo que, a finales de los noventa, la mejor opción fue “deportarla” a una finca en Subachoque donde consiguió marido y se estrenó como mamá. La última noticia que tuvimos de ella fue un correo electrónico donde se solicitaba que los estudiantes postuláramos nombres para el recién nacido.
El regreso de Séneca
La historia de estos seis Sénecas es una leyenda encantadora donde el mito y la realidad se entrelazan continuamente. Y lejos de ser algo negativo, quizás esta característica es la que realmente encierra el significado de Séneca. Al fin y al cabo, este símbolo no es sólo el animalito que físicamente recorrió las mismas rutas que transitamos a diario; Séneca también es el acervo de todos nuestros recuerdos, nuestros inventos, nuestras exageraciones. ¿Cuántos estudiantes y egresados aseguran que uno de los Sénecas se comió su trabajo justo antes de entregarlo? ¿Cuántos testigos juran que vieron cómo se comía los papeles de las carteleras? ¿Cuántos intrépidos uniandinos declaran que clandestinamente le dieron galletas, chocolates y demás? Si creyésemos en todos estos relatos, cualquiera de los cabros o de las cabras hubiera tenido un sobrepeso digno de los Guinness Records. Pero ese no es el punto. Lo importante es que detrás de las entusiastas historias y los mitos urbanos, se esconde nuestra pasión por el legado de Séneca.
De ahí que el Consejo Estudiantil Uniandino (CEU) del 2004-2005 haya decidido rescatar este emblema uniandino para consolidarlo como el símbolo de todo el estudiantado. Hoy, en la celebración del III Día del Estudiante, el CEU le regala a la Universidad una nueva Séneca, séptima en su legendaria estirpe. Aunque ya no podrá vivir en los predios de la institución, la cabra nos visitará a menudo para que le recordemos que la Universidad de los Andes fue, es y siempre será, su casa.
Recibámosla entonces con el mayor de los afectos porque hoy también estamos celebrando EL REGRESO DE SÉNECA.
Agradecimientos especiales: Lucía Tejeiro, Josefina Villamil Cortés, Archivo Institucional Universidad de los Andes (AIUA) y Proyecto Historia de la Universidad de los Andes. |